Nunca me ha dado vergüenza comer sola en un restaurante. Al revés, aprovecho mi soledad para analizar la gente, los comportamientos de las parejas, las tendencias de moda en los más jóvenes, la cara de desamor o felicidad de las personas que pasan a mi lado o comparten mesa lejana.
Todo ha cambiado. La mirada perdida hacia el infinito acorta distancias. Ahora todos manosean su smartphone, comprueban si tienen mensajes, whatsapp o matan el tiempo con el último juego de moda.
Frente a mí, un hombre juega en su Iphone a "Apalabrados" y sonríe al colocar sus letras. Un sonido me alerta: mi desconocido contrincante acaba de hacer 50 puntos. ¿Estarán nuestras vidas cruzadas?, ¿el hombre que se sienta frente a mí será mi oponente virtual?, ¿nos escribiremos por el chat sin saber que estamos comiendo en el mismo restaurante?
Al rato se levanta, sale y se sumerge en el río de gente que inunda la calle. Nunca sabré si era él, ni me atreveré a comentárselo entre jugada y jugada. Sólo será una bella historia de letras, desconocidos y palabras cruzadas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario